Nunca empezar por el nombre. Usualmente termina siendo algo falto de importancia. Prefiero los apodos. Mirar sus maneras. Disfrutar sus ojos. Burlarse de cómo camina. Descifrar lo que es tras la máscara, acto que nunca será reprochable. Entender su código de comportamiento… Y al final poder decir: “Tienes cara de llamarte Isabelle. ¿Cuál es tu nombre?”. Tal vez no pase seguido, el rótulo social con nuestro nombre nos persigue, en pueblos pequeños más que en grandes ciudades.
Nunca fui tan feliz como el día que conocí personas sin saber su nombre. A nadie le importaba. Nos reuníamos a conocernos de verdad, a bautizarnos respecto a determinado alguien. El nombre de cada uno dependía de con quién estuviésemos hablando. ¡Y qué bonito era! Llegué a tener 6 nombres distintos. Clochard era mi favorito. Me sentía “todo un clochard”. Mis pantalones siempre rotos, último en irme siempre, gritando defecto de hogar. Nunca me peiné, siempre olía un poco whiskey barato y siempre estaba fumando. Para Poesía, la mujer que me había nombrado así, yo no trabajaba, pues nunca se disfruta de lo que se vive. La vocación y la profesión debían estar estrictamente diferenciadas, pues, decía ella, hacer una profesión de la vocación terminaría destruyendo el placer de hacer lo que se quiere. El querer y el deber eran enemigos de nacimiento. Nada la hacía sentir más vacía que aquellos momentos de conjunción entre el deber y el querer. Sentía que el mundo caminaba a su paso, dejaba de sentirse especial, no se sentía individuo dentro de la sociedad sino sociedad dentro del individuo; perdía valor como ser humano, y todo terminaba contagiándose de esa falta de sentido que tenía la vida sin la exaltación del yo, sin la ipseidad. Así, el no trabajar me hacía más Clochard. Ayudaba mi barba de estilo sofista. Jajajajaja, sólo río pensando en ella, Poesía. ¿Qué otro nombre poner a una mujer que hablaba en estrofas? Sus pausas al hablar creaban una ilusión a declamación. Tenía oratoria con métrica. Caminaba a ritmo de lyrizein. Todo en ella era hermoso, incluso ese inconformismo con el mundo en general - y en ocasiones en particular – que la llevaba a odiar todo en el universo, excepto a ella misma, única y suficiente razón para continuar con vida en un mundo tan detestable. ¡Ay, Poesía, cuánto la extraño, a ella y a Eufrósine!
Eufrósine, rara avis entre los hombres de mi ciudad. Adicto al jazz. Con pocas expectativas, sólo esperaba sobrevivir. Hombre descuidado, un poco desconcentrado. No era raro que olvidara uno de sus comentarios intelectuales en medio de una conversación, por encontrar la secuencia matemática de las baldosas de colores en el piso, que habían sido puestas al azar. Todo le importaba tan poco que un día dejó salir su nombre. Se llamaba Gustave. Su apellido fue ahogado por los gritos de Poesía, que nunca le perdonó el haber acabado con la magia de nuestra logia. Su desinterés era tal que nunca se inmutó por el hecho de que el nombre que yo le había puesto correspondía al de una mujer. Un hombre entre mil, con comentarios desatinados a causa de su dispersión mental. Generaba risa el sólo verlo. Siempre parecía perdido. Llevaba en ocasiones libros de un tal “Kundera”, nunca de otro autor. Decía Poesía que sus comentarios parecía que salían del mismísimo Kundera, ella sí lo había leído. Para todos era un placer escuchar sus comentarios, especialmente cuando desatinaba en el tema de conversación. Era placer y alegría, era todo un “Gustave”, era un chiste. Me llamó Mélange. Nunca dijo por qué. ¿Qué veía en mí? Nunca conseguí respuesta a esta pregunta.
Sólo nos conocíamos en las reuniones, en aquella casa abandonada sin dueño aparente en la intersección de la calle Holmes con la avenida Zitarrosa. Fuera de allí éramos desconocidos, cada uno vivía su vida. Aunque no era común encontrarlos en la calle, y más para mí. Siempre escribía en mi cuarto. Pasaban días sin ver la luz del sol. Cualquiera diría que mi hogar era un monumento al onanismo, tendría que responderles que sí, que apoyaba completamente a Woody Allen cuando decía que la masturbación era la única forma de hacer el amor con alguien que de verdad amara ¡Y cuánto me amaba!
Alguna vez vi a Poesía cruzar al frente de mi casa. Ella me vio, de eso estoy seguro. Tuvimos la necesidad de ignorarnos, afortunadamente sin remordimiento alguno.
Ahora sólo queda recordar los días de logia, el recuerdo que siempre será el presente del pasado. Todo se acabó el día que tomé el periódico y al leer los obituarios vi que una pareja había muerto en un accidente de tránsito al volcar su carro tomando una curva muy cerrada a alta velocidad. En el carro iba su hija que había sobrevivido y quedaría al cuidado de sus abuelos maternos. Una historia trágica pero ajena a mí. Ajena a mí hasta el momento que detallé la foto de los fallecidos. Eran Poesía y Eufrósine. Al pie de la imagen decía: “Paz en su tumba a Gustave y Adèle Benoit”.
El nudo en la garganta ya es una sensación permanente. Al saber sus nombres podía intuir sus vidas. Me pareció tan inmoral que inmediatamente envié flores a la pequeña con una nota en la que ella podría intuir mi vida, tan sólo decía: “ Marius Pelletier”.