martes, 20 de diciembre de 2011

La logia.


Nunca empezar por el nombre. Usualmente termina siendo algo falto de importancia. Prefiero los apodos. Mirar sus maneras. Disfrutar sus ojos. Burlarse de cómo camina. Descifrar lo que es tras la máscara, acto que nunca será reprochable. Entender su código de comportamiento… Y al final poder decir: “Tienes cara de llamarte Isabelle. ¿Cuál es tu nombre?”. Tal vez no pase seguido, el rótulo social con nuestro nombre nos persigue, en pueblos pequeños más que en grandes ciudades.
Nunca fui tan feliz como el día que conocí personas sin saber su nombre. A nadie le importaba. Nos reuníamos a conocernos de verdad, a bautizarnos respecto a determinado alguien. El nombre de cada uno dependía de con quién estuviésemos hablando. ¡Y qué bonito era! Llegué a tener 6 nombres distintos. Clochard era mi favorito. Me sentía “todo un clochard”. Mis pantalones siempre rotos, último en irme siempre, gritando defecto de hogar. Nunca me peiné, siempre olía un poco whiskey barato y siempre estaba fumando. Para Poesía, la mujer que me había nombrado así, yo no trabajaba, pues nunca se disfruta de lo que se vive. La vocación y la profesión debían estar estrictamente diferenciadas, pues, decía ella, hacer una profesión de la vocación terminaría destruyendo el placer de hacer lo que se quiere. El querer y el deber eran enemigos de nacimiento. Nada la hacía sentir más vacía que aquellos momentos de conjunción entre el deber y el querer. Sentía que el mundo caminaba a su paso, dejaba de sentirse especial, no se sentía individuo dentro de la sociedad sino sociedad dentro del individuo; perdía valor como ser humano, y todo terminaba contagiándose de esa falta de sentido que tenía la vida sin la exaltación del yo, sin la ipseidad. Así, el no trabajar me hacía más Clochard. Ayudaba mi barba de estilo sofista. Jajajajaja, sólo río pensando en ella, Poesía. ¿Qué otro nombre poner a una mujer que hablaba en estrofas? Sus pausas al hablar creaban una ilusión a declamación. Tenía oratoria con métrica. Caminaba a ritmo de lyrizein. Todo en ella era hermoso, incluso ese inconformismo con el mundo en general - y en ocasiones en particular – que la llevaba a odiar todo en el universo, excepto a ella misma, única y suficiente razón para continuar con vida en un mundo tan detestable. ¡Ay, Poesía, cuánto la extraño, a ella y a Eufrósine!
Eufrósine, rara avis entre los hombres de mi ciudad. Adicto al jazz. Con pocas expectativas, sólo esperaba sobrevivir. Hombre descuidado, un poco desconcentrado. No era raro que olvidara uno de sus comentarios intelectuales en medio de una conversación, por encontrar la secuencia matemática de las baldosas de colores en el piso, que habían sido puestas al azar. Todo le importaba tan poco que un día dejó salir su nombre. Se llamaba Gustave. Su apellido fue ahogado por los gritos de Poesía, que nunca le perdonó el haber acabado con la magia de nuestra logia. Su desinterés era tal que nunca se inmutó por el hecho de que el nombre que yo le había puesto correspondía al de una mujer. Un hombre entre mil, con comentarios desatinados a causa de su dispersión mental. Generaba risa el sólo verlo. Siempre parecía perdido. Llevaba en ocasiones libros de un tal “Kundera”, nunca de otro autor. Decía Poesía que sus comentarios parecía que salían del mismísimo Kundera, ella sí lo había leído. Para todos era un placer escuchar sus comentarios, especialmente cuando desatinaba en el tema de conversación. Era placer y alegría, era todo un “Gustave”, era un chiste. Me llamó Mélange. Nunca dijo por qué. ¿Qué veía en mí? Nunca conseguí respuesta a esta pregunta.
Sólo nos conocíamos en las reuniones, en aquella casa abandonada sin dueño aparente en la intersección de la calle Holmes con la avenida Zitarrosa. Fuera de allí éramos desconocidos, cada uno vivía su vida. Aunque no era común encontrarlos en la calle, y más para mí. Siempre escribía en mi cuarto. Pasaban días sin ver la luz del sol. Cualquiera diría que mi hogar era un monumento al onanismo, tendría que responderles que sí, que apoyaba completamente a Woody Allen cuando decía que la masturbación era la única forma de hacer el amor con alguien que de verdad amara ¡Y cuánto me amaba!
Alguna vez vi a Poesía cruzar al frente de mi casa. Ella me vio, de eso estoy seguro. Tuvimos la necesidad de ignorarnos, afortunadamente sin remordimiento alguno.
Ahora sólo queda recordar los días de logia, el recuerdo que siempre será el presente del pasado. Todo se acabó el día que tomé el periódico y al leer los obituarios vi que una pareja había muerto en un accidente de tránsito al volcar su carro tomando una curva muy cerrada a alta velocidad. En el carro iba su hija que había sobrevivido y quedaría al cuidado de sus abuelos maternos. Una historia trágica pero ajena a mí. Ajena a mí hasta el momento que detallé la foto de los fallecidos. Eran Poesía y  Eufrósine. Al pie de la imagen decía: “Paz en su tumba a Gustave y Adèle Benoit”.
El nudo en la garganta ya es una sensación permanente. Al saber sus nombres podía intuir sus vidas. Me pareció tan inmoral que inmediatamente envié flores a la pequeña con una nota en la que ella podría intuir mi vida, tan sólo decía: “ Marius Pelletier”.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Ataduras


Un intento de mantener cerca lo que nunca debió escapar. Es el uno evolucionado, es la cadena del pasado, es el horizonte que nos trazamos irracionalmente. La fuerza de la casa donde crecimos, de nuestro primer amor, de los miedos de nuestra madre – tan genéticos como mi rostro -; la caída en bicicleta, el examen que perdimos, los lentes que no quise usar.
El hilo irrompible, el botón que mi abuela cosió en su vieja chaqueta. El protocolo de mi vida, la etiqueta de la tuya, y el glamur de una vida para dos.
¿Qué más que un abrazo? Un “Ya que te vas no te vayas”. Volver al reo Cancerbero. Un reto a las moiras, que al parecer, como siempre, han ganado el desafío.

viernes, 28 de octubre de 2011

Un bucle de lana

Mis últimas preocupaciones se reducen a la incapacidad de seudo-justificar lo que siempre he querido hacer, en encontrar esa falsa motivación que dé tranquilidad al espíritu. Insisto en la facilidad que la inmutabilidad nos brinda, en la tranquilidad del mundo constante, y agradezco al spleen la parte abolicionista del alma, la autodestrucción, la propia pira inquisidora, que pocas veces juega bien y llega a su cometido:  resulta en un simple reformismo, con un poco de lo mismo y un poco de lo desconocido. Aborrezco ese hastío, pero conozco su importancia, la oveja negra también da lana, y cómo me gustan los sacos de lana.Es un odio por la causa, y un amor por las consecuencias.
Fantaseo con un bucle donde todo se unifique. Intentar crearlo es una vida sin spleen.

martes, 25 de octubre de 2011

CI


Cómo se extraña el dolor de lo banal. Cansado del suplicio por tanta improbabilidad. Ya qué. Yo espero. Algún día he de salir de este naufragio, y todo se hará siguiendo el camino dorado que al final del día se dibuja en el mar.
Haré yo mismo mis estrellas, así nunca estaré perdido. Son mis estrellas. Quito una, pongo dos, las quito todas, y enciendo un cigarrillo.
Saco de su calor las estrellas que necesito; siempre ha sido mi brújula, y es una costumbre que no pienso abandonar.
Ahora cruzo la delgada línea entre la improbabilidad y la imposibilidad: más suplicio, más naufragio, mis estrellas.
Quito una, pongo dos, las quito todas, y enciendo un cigarrillo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Fundición


Ella, su poema favorito: “los cuervos”. Retraída, molesta, despreciable. Siempre vestía de blanco; sorprendente para sus oscuras ideas, para su despreciable pensamiento. Fascista, clasista, y aún peor, feminista. Sólo hablaba de sexo, muerte, amantes y poesía, usualmente al mismo tiempo; sólo trascendencias. Caminaba siempre a la expectativa, de ver, ser vista, besar, ser besada, sentir, mucho más que ser sentida. Pirómana, todo era susceptible de ser quemado, siempre jugando con su zippo, siempre buscando qué quemar. Fumaba, y era dueña de ese fuego, un pleno desarrollo de su manía incendiaria. Prendía fuego a sus amantes, para fundirlos, para tener un poco más de aire, para fumarse el poco de ellos que ahora también era de ella. Una biblioteca pública era su hogar voluntario, sólo los malditos eran leídos, sólo los malditos eran soñados, sólo lo que escribían era vivido. Imposible no recordarla, imposible no querer ser fundido. Improbable olvidar esa última caminata, ese último cigarrillo, ese último amante, ese último incendio.
Él, sin libro favorito. Lleno de miedos fundados en la improbabilidad matemática. Siempre quiso verse en un conflicto de esos que hablan los libros de historia, mataría por ser irlandés. La revolución como máxima, la humanidad como regla con excepciones. Inseguro por no haber vivido lo suficiente, engreído por haber leído tanto. Amante del licor de élite. El tiempo era recurso de producción, nunca podía perderlo, siempre con un tic-tac en la cabeza. Nunca supo quién fue John Lennon, y mucho menos Jim Morrison. Impaciente y poco calculador. Corbata, saco, zapatillas. Poco exitoso con las mujeres, su experiencia se reducía al amor de su infancia con la que poco pudor pudo perder. Cansado de vivir en la academia, arrepentido de haber dejado de lado su vida. Amante de su reflejo, le gustaba pensar que en realidad él era el reflejo, y éste su refugio. Vivía a través de su reflejo. Frente al espejo era todo, o era nada; él lo decidía.
Ella con Rimbaud en ese primer encuentro, él preparando su tesis doctoral. Desde Rimbaud no la pudo olvidar, nunca lo deseó. Él siempre la veía, leyendo y hablando sola. Ella no sabía de su existencia. Él siempre la quiso seguir, le faltaba valor.  Ella siempre quiso que la siguieran. Él no recuerda cómo, pero en la banca de un parque vio amanecer junto a ella. Ella recordaba el cómo, y también lo ignoraba. Caminando, hablando de amantes, de sexo, de poesía y de muerte. Siendo besada y besando, viendo y siendo vista, sintiendo y siendo sentida. El mejor cigarrillo de su vida.
Él con sus libros académicos, viéndola leer de esos libros inútiles. Tan enigmática ella como los autores que leía. Inseguro, sólo miraba y cada movimiento de ella le daba un poco más de valor para intentar algo. Lo intentó. Y pareció funcionar. Una banca de un parque fue el lugar de su primera cita. Él, al ver el color del atardecer, quiso ser tan rojo, tan naranja, tan cálido como el mismo sol. El amanecer le dio el valor para serlo, aunque no tuvo la oportunidad de usarlo. 
Al abrazarse ella prende fuego a sus ropas, impregnadas de alcohol. Todo ardía y ella no quiso huir, él se sintió a gusto. La ebriedad evitó el dolor y encontraron el placer. Juntos, fundidos, juntos, esperando a ser fumados.