miércoles, 5 de septiembre de 2012

Sin corazón delator

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez.
En ese momento me abalancé sobre él. Fui recibido por su puñal y caí al suelo. Nunca lo habría esperado. Me tomó de mis cabellos, me levantó y me empujó contra una pared de su habitación.
-Cuántas noches tuve que esperar para por fin terminar con esto. Demasiadas noche hasta que tomaste valor- dijo el viejo con una sonrisa de satisfacción en su rostro, y aún en ese momento sentía cómo su ojo me seguía inquietando, mucho más que la profunda herida en mi abdomen –Qué insoportables tus nervios, tu indecisión; si lo hubieses hecho la primera noche habría dejado que me asesinaras. Pero qué insoportable fue esperarlo noche tras noche. Sabía que en algún momento tendrías valor, sabía que era por mi ojo, siempre lo mantuve a tu vista.
Yo estaba aterrorizado no sabía cómo salvarme de esa. Quería correr, pero el dolor no lo permitía. Así que me resigné y sólo esperaba la muerte allí, apoyado en la pared.
El viejo no paraba de hablar. El resto de sus palabras no las recuerdo muy bien, sólo me fijaba en el maldito ojo de buitre. Y apoyado en la misma pared donde planeaba esperar la parca, por fin caí inconsciente, dos horas después del comienzo de mi fin. El viejo cargó mi cuerpo a la cocina y comenzó a desmembrarlo. En cada articulación hacía un corte, comenzando por las falanges de los dedos y terminando donde las extremidades se unen al tronco. Luego tomó todos mis órganos internos, los retiró uno por uno, sin turbación alguna, dejando de último mi corazón.
Metió cada parte en pequeños baldes, unos diez, tal vez exagero, o tal vez me hagan falta. No me fijé en la cantidad de baldes mi atención estaba dividida entre ese maldito ojo de buitre, y en mi corazón, el único órgano que no metió en uno de los baldes. Lo guardó en un cofre sin cerrar la tapa, y puso el cofre en su mesa de noche.
El viejo tomó balde por balde y los sacó de su casa. No lo seguí, mi atención estaba en mi corazón, allí, ese ese cofre, sin  latido alguno. Calculo que pasaron unos veinte minutos para que sacara todos los baldes y cuando volvió lavó cuidadosamente la cocina, y limpió su habitación a una velocidad digna de un joven adulto. Luego tomó el cofre con mi corazón y, aún abierto lo  puso sobre una alta repisa. Desde el suelo sólo se veía el cofre y una escalera sería necesaria para ver lo que guardaba. Pero yo sabía que estaba allí mi corazón. Y él también.
Cuando estuvo listo se acostó y pensé que eso era todo, que no habría más sorpresas, pero tocaron a la puerta y el viejo se paró y abrió.
Eran policías, él los hizo entrar con gentileza y les ofreció algo de beber. Ellos aceptaron en seguida. Preguntaron sobre un grito que habían escuchado los vecinos. El viejo, con lo que luego sabría, había sido de gran astucia, les dijo que él también lo había escuchado, pero que creía que provenían del vecino de al lado. Los policías agradecieron la ayuda y el chocolate caliente, y salieron de la casa.
El viejo, con la misma cara de satisfacción que tenía al herirme de muerte, se disponía a acotarse de nuevo pero inmediatamente tocaron de nuevo a la puerta.
Salió y era uno de los policías, en un estado de conmoción incontrolable, pues el vecino había descuartizado a alguien y lo había metido en baldes. El viejo escucho la descripción del policía con atención y haciendo muecas fingidas de turbación. Cuando el policía había terminado su relato, el viejo dijo:
-Espero me disculpe, pero a esta edad no debo estar despierto a esto hora. Me urge descansar, como usted ha visto ha sido una noche agitada.
Cerró la puerta, se dirigió finalmente a su cama, y echándole un último vistazo al cofre, se quedó dormido. Aquí terminó mi sueño.
En ese momento desperté, pensando en el ojo del viejo, y en mis planes de matarlo. Pero un sueño tan vívido sólo podría ser una premonición. Así que me levanté empaqué mis cosas en una pequeña maleta y me alejé para siempre de la comarca, del maldito ojo de buitre que tanto me perturbaba y de la imagen de mi corazón fuera de mi pecho y guardado en un cofre.