Ella, su poema favorito: “los cuervos”. Retraída, molesta, despreciable. Siempre vestía de blanco; sorprendente para sus oscuras ideas, para su despreciable pensamiento. Fascista, clasista, y aún peor, feminista. Sólo hablaba de sexo, muerte, amantes y poesía, usualmente al mismo tiempo; sólo trascendencias. Caminaba siempre a la expectativa, de ver, ser vista, besar, ser besada, sentir, mucho más que ser sentida. Pirómana, todo era susceptible de ser quemado, siempre jugando con su zippo, siempre buscando qué quemar. Fumaba, y era dueña de ese fuego, un pleno desarrollo de su manía incendiaria. Prendía fuego a sus amantes, para fundirlos, para tener un poco más de aire, para fumarse el poco de ellos que ahora también era de ella. Una biblioteca pública era su hogar voluntario, sólo los malditos eran leídos, sólo los malditos eran soñados, sólo lo que escribían era vivido. Imposible no recordarla, imposible no querer ser fundido. Improbable olvidar esa última caminata, ese último cigarrillo, ese último amante, ese último incendio.
Él, sin libro favorito. Lleno de miedos fundados en la improbabilidad matemática. Siempre quiso verse en un conflicto de esos que hablan los libros de historia, mataría por ser irlandés. La revolución como máxima, la humanidad como regla con excepciones. Inseguro por no haber vivido lo suficiente, engreído por haber leído tanto. Amante del licor de élite. El tiempo era recurso de producción, nunca podía perderlo, siempre con un tic-tac en la cabeza. Nunca supo quién fue John Lennon, y mucho menos Jim Morrison. Impaciente y poco calculador. Corbata, saco, zapatillas. Poco exitoso con las mujeres, su experiencia se reducía al amor de su infancia con la que poco pudor pudo perder. Cansado de vivir en la academia, arrepentido de haber dejado de lado su vida. Amante de su reflejo, le gustaba pensar que en realidad él era el reflejo, y éste su refugio. Vivía a través de su reflejo. Frente al espejo era todo, o era nada; él lo decidía.
Ella con Rimbaud en ese primer encuentro, él preparando su tesis doctoral. Desde Rimbaud no la pudo olvidar, nunca lo deseó. Él siempre la veía, leyendo y hablando sola. Ella no sabía de su existencia. Él siempre la quiso seguir, le faltaba valor. Ella siempre quiso que la siguieran. Él no recuerda cómo, pero en la banca de un parque vio amanecer junto a ella. Ella recordaba el cómo, y también lo ignoraba. Caminando, hablando de amantes, de sexo, de poesía y de muerte. Siendo besada y besando, viendo y siendo vista, sintiendo y siendo sentida. El mejor cigarrillo de su vida.Él con sus libros académicos, viéndola leer de esos libros inútiles. Tan enigmática ella como los autores que leía. Inseguro, sólo miraba y cada movimiento de ella le daba un poco más de valor para intentar algo. Lo intentó. Y pareció funcionar. Una banca de un parque fue el lugar de su primera cita. Él, al ver el color del atardecer, quiso ser tan rojo, tan naranja, tan cálido como el mismo sol. El amanecer le dio el valor para serlo, aunque no tuvo la oportunidad de usarlo.
Al abrazarse ella prende fuego a sus ropas, impregnadas de alcohol. Todo ardía y ella no quiso huir, él se sintió a gusto. La ebriedad evitó el dolor y encontraron el placer. Juntos, fundidos, juntos, esperando a ser fumados.
Es maravilloso encontrar la eternidad en ese instante y poder fundirse para siempre y no existir más.
ResponderEliminarMe alegra que lo haya terminado.
ResponderEliminarJulián Bernal
Me alegra que lo haya leído.
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